El pasado viernes 21 acudimos a un
evento organizado por uno de los profesores de la facultad, una
especie de excursión con un tono muy amable e informal. Para
finalizar la reunión, fuimos a una histórica taberna malagueña,
“Antigua casa de guardia”. Allí, un par de compañeros y yo
tropezamos con un interesante individuo del cual no recuerdo el
nombre, pero sí una frase que no paraba de repetir: “yo, a mis 83
años soy completamente analfabeto”.
Lo llamativo de la estampa fue, que a
pesar de sus circunstancias, el hombre nos aseguró
firmemente y sin que nadie sacara el tema (no supo que éramos
estudiantes de pedagogía hasta finalizar la conversación), que lo
más importante en un pueblo es la cultura. Que hoy en día los
jóvenes estábamos más preparados que nunca y por eso mismo no
podíamos permitir lo que estaba ocurriendo.
“Yo no estoy ya para luchar. Bastante
he luchado, a mis 83 años... pero vosotros no podéis permitir esto.
Mi padre sabía escribir, leer y más cosas; pero yo, su hijo, no. Un
pueblo que sabe da problemas, por eso no nos permitieron saber. Ahora
no quieren que sepáis, es más fácil manejaros así. Esto es una
dictadura.”
Los compañeros y yo, nos miramos
perplejos al escuchar estas palabras de un señor que ha vivido la
dictadura de principio a fin.
Este hombre, que no sabe ni leer ni
escribir (cosa que nos repitió una y otra vez), sabe que la
educación (lo que el llama la cultura) es la herramienta fundamental
para que un pueblo prospere. Además, entiende perfectamente que el saber del pueblo es un estorbo para el tirano, y que aunque
muchos no queramos verlo, nos siguen gobernando desde la élite.
Acabó su discurso pidiéndonos que no
nos conformáramos, que luchásemos, que lo que teníamos no era
nuestro, era de todos los que se han sacrificado para conseguirlo y
es el deber de los jóvenes preservarlo.
No sabrá leer ni escribir, pero la
vida le ha enseñado mucho más de lo que la escuela le enseñó a
muchos de los que nos gobiernan.