El primer cuatrimestre acabó, pero aun
sigue produciéndome aprendizajes sobre temas, situaciones,
propuestas que se dieron en clase, o que simplemente aparecieron en
el campus virtual en forma de documentos. Cada cosa que aprendo hace
que me surjan nuevas dudas, y parece que en vez de saber más cada
vez sé menos. Sin duda, mi “mochila del saber” como se ha
referido a ella hoy Miguel López Melero, tiene más y más
contenido, pero a la vez adquiero conciencia de lo inmenso del saber
y la imposibilidad de abarcarlo, por muchas vidas que vivas.
Una de los conceptos abordados el
pasado cuatrimestre fue la inclusión. La estudiamos apoyándonos en
textos, entre otros, de el antes mencionado Miguel. La inclusión es
un concepto, a mi parecer, tan complejo como necesario. El problema
es ese, que el significado de esa palabra es muy complejo, al menos
para ser dominado y entendido en cualquier situación y contexto
-para mi, que soy poco más que un ignorante en materia educativa-.
Así que como Miguel da clases de una asignatura llamada INCLUSIÓN
en mi mismo curso (1º de Pedagogía), aunque no en mi clase - sin
desmerecer a la persona que imparte su asignatura- he empezado a
asistir como oyente a sus clases. ¿Qué mejor manera de entender la
escuela inclusiva que formando parte de esta clase?
Las bases de mi interés por la
inclusión se lo debo principalmente a dos de los profesores del
anterior cuatrimestre, donde he aprendido que no podemos hablar de
democracia sin el concepto de igualdad -de derechos- y el de respeto
-a la diferencia, entre otras cosas-, además de esa búsqueda de la
libertad. Por tanto no podemos hablar de democracia sin hablar de
inclusión.
Por una parte en esa misma asignatura
estamos viendo en la clase de la tarde – a la que pertenezco
realmente- como entender y respetar a las personas con handicap, pero
aunque le estamos llamando inclusión, lo hacemos desde una
perspectiva integradora. Palabras como adaptación curricular son
frecuentes en esta clase. Con esto no critico, ni hago un juicio de
valor, de lo que es mejor o peor. Pero a priori, y después de haber
trabajado la inclusión desde otras perspectivas, creo -y digo creo
porque aun no tengo la inclusión bien asentada- que lo correcto e
imprescindible pasa por la inclusión. Debido a esto mismo, al no
poder responder con firmeza y convicción ante cualquier situación
en la que se ponga en entredicho el modelo inclusivo, y ante la
necesidad de respuestas, he tomado la iniciativa de asistir a las
clases de Miguel.
Hoy en clase he podido ver como usaba
el método que ya había leído, en el anterior cuatrimestre, y me ha
resultado muy curioso ver esto en primera persona. Como bien describe
en los artículos y conferencias que han pasado por mis manos,
Miguel, ha comenzado la clase planteando un problema: ¿qué queremos
de esta asignatura?, a lo que se ha respondido con el deseo de formar
una clase democrática.
Una vez visualizado el objetivo, se ha
lanzado una nueva pregunta: ¿qué sabemos sobre la democracia en las
clases?.
Y por último: ¿qué queremos saber?.
Las preguntas las conocía, lo que
realmente me ha impactado es la forma de participar de los profesores
-habían dos además de Miguel-, los profesores no participaban en
absoluto, ni siquiera para guiar. Sólo en ocasiones puntuales
hablaban, delegando la coordinación en un alumno que era el
encargado de dar los turnos de palabra.
He visto la clase muy perdida, en
apariencia desperdiciando el tiempo, pero estoy seguro que era por
ser un método nuevo para casi todos. Seguiré haciendo jornada
intensiva los martes, ya que estoy seguro que la clase se convertirá
en algo interesantísimo y podré saber más sobre inclusión. Espero
poder compartir con todos mis progresos y contribuir a ese
aprendizaje cooperativo a través de, entre otros medios, mi blog.
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